El yoga no es solo una serie de posturas. Es, ante todo, una forma de mirar la vida.A través de su filosofía, nos invita a cultivar cualidades internas que transforman no solo cómo nos movemos en la esterilla, sino cómo habitamos el mundo: aceptación, autocompasión, gratitud y paciencia.
Estas virtudes son, en realidad, estados de conciencia que se desarrollan con la práctica constante (abhyasa) y el desapego (vairagya). Son los frutos silenciosos del yoga: no llegan de un día para otro, sino que florecen lentamente, cuando nos abrimos a vivir con más presencia y amor hacia lo que somos.
En los Yoga Sutras, Patanjali habla del yoga como el cese de las fluctuaciones de la mente. Aceptar no significa rendirse o conformarse, sino dejar de luchar con lo que no podemos cambiar en este momento.
Cuando aceptamos, dejamos de gastar energía en la resistencia. Empezamos a mirar la realidad con claridad y serenidad. En la práctica física, esto se traduce en escuchar al cuerpo sin forzarlo; en reconocer el límite como parte del camino, no como un obstáculo.En la vida, la aceptación nos invita a abrir el corazón al presente, tal como es —con su belleza y sus imperfecciones—, sabiendo que todo está en constante transformación.
El yoga nos enseña ahimsa, la no violencia, y esa no violencia empieza por cómo nos tratamos a nosotros mismos. La autocompasión surge cuando reconocemos nuestra humanidad: que errar, cansarse o necesitar pausa también es parte del camino.
Practicar autocompasión es dejar de empujarnos desde la exigencia y empezar a acompañarnos desde la amabilidad. Es permitirnos descansar, modificar una postura, o simplemente aceptar que hoy no tenemos la misma energía que ayer.
En lugar de medirnos por logros, el yoga nos invita a sentirnos desde dentro, a escuchar esa voz interna que dice: “estás haciendo lo mejor que puedes, y eso ya es suficiente”.
La gratitud es una práctica espiritual en sí misma. Nos ancla en el presente y nos recuerda la abundancia que ya existe en nuestra vida.A menudo buscamos lo que falta, lo que aún no conseguimos, y olvidamos mirar todo lo que ya tenemos y todo lo que sí funciona.
Cuando practicamos gratitud, el corazón se expande. Empezamos a valorar lo simple: una respiración profunda, una clase compartida, la calma después del movimiento.Cada inhalación puede convertirse en un “gracias”, y cada exhalación en un acto de entrega.
En ese gesto, el yoga se convierte en oración silenciosa.
Aceptar, tener compasión, agradecer y esperar con calma no son solo virtudes para la esterilla; son pilares para una vida consciente.Cuando las llevamos más allá de la práctica física, el yoga se convierte en una forma de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás desde un lugar más profundo.
Cada vez que respiramos con presencia, cada vez que elegimos amabilidad en lugar de juicio, cada vez que agradecemos lo pequeño, estamos practicando yoga en su sentido más puro.
El yoga no busca cambiarnos, sino ayudarnos a recordar lo que ya somos: completos, suficientes y llenos de luz.
Con amor,
Susana